Desde el Sectorial de Economía de Más Madrid queremos abrir un espacio de reflexión y debate en torno a los cambios históricos que atraviesa hoy el proyecto de la Unión Europea en el actual contexto geopolítico. Con este objetivo, impulsamos un programa de encuentros con expertos y analistas que nos permita comprender mejor el momento presente y esbozar algunas claves para pensar el futuro de Europa.

Este ciclo de debates parte de una convicción compartida: la necesidad de reforzar el papel de Europa como actor global, capaz de afrontar los desafíos económicos, tecnológicos y políticos de nuestro tiempo con mayor autonomía, cohesión y capacidad de iniciativa

MÁS EUROPA EN LO GLOBAL

La gran mayoría de los expertos coincide en señalar el contraste entre la envergadura y el dinamismo de la economía europea y su falta de autonomía e iniciativa como actor global.

Uno de los grandes teóricos críticos de esta falta de autonomía estratégica ha sido el recientemente fallecido filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas. Tras la guerra de Irak, Habermas se convirtió en una de las voces más influyentes al cuestionar la dependencia europea de los Estados Unidos. A su juicio, Europa no podría adquirir legitimidad internacional como actor supranacional si no avanzaba decididamente en su integración política.

En este sentido, Habermas impulsó el debate sobre la necesidad de articular un proyecto de autonomía estratégica europea. Asimismo, subrayó que Europa no debía competir con Estados Unidos como superpotencia militar, sino afirmarse como defensora del derecho internacional, como modelo de democracia social y como actor comprometido con la multilateralidad.

Partiendo de esta reflexión formulada en el contexto de la guerra de Irak, cabe preguntarse: ¿cómo analizar la posición global de Europa en los inicios del segundo cuarto del siglo XXI?

La crisis de la dependencia europea

La percepción predominante entre los especialistas apunta a la existencia de una profunda crisis estructural en las relaciones entre Europa y Estados Unidos.

Un análisis sintético debe comenzar recordando, en primer lugar, las diversas acciones militares unilaterales impulsadas o respaldadas durante el segundo mandato de Trump, las cuales han supuesto graves vulneraciones del derecho internacional y de los derechos humanos. En segundo lugar, las recientes amenazas a la soberanía europea —como las relativas a Groenlandia— han intensificado la preocupación sobre la solidez de los equilibrios geopolíticos. En tercer lugar, la actual fase de presiones e intimidaciones políticas y económicas por parte de Estados Unidos parece evocar un retorno a prácticas arancelarias de corte mercantilista propias de finales del siglo XIX. A ello se suman imágenes de dirigentes europeos en posiciones de debilidad en encuentros oficiales, que han contribuido a consolidar esta percepción.

Por último, estas dinámicas coinciden con una política estadounidense de distanciamiento respecto de las instituciones multilaterales, caracterizada por la reducción de su financiación, el cuestionamiento de su legitimidad y, en algunos casos, el ataque directo a su funcionamiento. En un sentido más amplio, este proceso puede interpretarse como un debilitamiento de la arquitectura internacional surgida tras los Acuerdos de Bretton Woods.

En conjunto, estos factores configuran un punto de inflexión —quizá irreversible— en la confianza europea en la tradicional relación atlántica. Europa se enfrenta así a un dilema histórico: preservar una alianza en progresivo deterioro o avanzar hacia una auténtica autonomía estratégica.

La autonomía estratégica como respuesta

La autonomía estratégica europea solo puede consolidarse si se abordan tres grandes desafíos:

1. La integración política

2. La capacidad y autonomía económica

3. La profundización del modelo de cohesión social

1. Integración política

Los conflictos y las guerras no deben considerarse oportunidades, ya que constituyen siempre una tragedia. Sin embargo, históricamente han actuado como puntos de inflexión en la construcción de comunidades políticas. Estas tienden a consolidarse cuando se ven obligadas a defenderse colectivamente.

En este sentido, la garantía de seguridad proporcionada por la comunidad atlántica ha tenido un efecto ambivalente: si bien ha asegurado la defensa europea, también ha reducido los incentivos para avanzar en su unificación política. Solo cuando el compromiso estadounidense se perciba como insuficiente o problemático podrá Europa verse impulsada hacia una mayor integración.

Si este proceso se articula de manera inteligente —basado en la cooperación, el desarrollo de tecnologías duales y una integración militar europea, y no en una carrera armamentista entre Estados— podría contribuir a una Europa más democrática, solidaria y cohesionada.

2. Capacidad y autonomía económica

Algunos economistas europeos, como Paul De Grauwe, sostienen que Estados Unidos se ha convertido en un socio cada vez más problemático para Europa. Aunque el vínculo atlántico no desaparecerá, difícilmente volverá a ser el mismo, incluso en un escenario posterior a Trump.

En términos globales, Estados Unidos representa aproximadamente el 8–9% de las exportaciones mundiales de bienes y en torno al 13–15% de los servicios, frente a cuotas europeas cercanas al 13–14% y al 22–23%, en las exportaciones mundiales. Esto confirma que la Unión Europea sigue siendo una de las principales potencias comerciales del mundo, pese a su inserción en complejas cadenas globales de valor y a sus dependencias tecnológicas.

La UE ha comenzado a reaccionar mediante la diversificación de sus acuerdos comerciales, con iniciativas hacia Mercosur, India o países del Sudeste Asiático, y potencialmente también hacia China.

No obstante, Europa arrastra retrasos en dimensiones financieras, con sistemas bancarios y financieros muy fragmentados, en tecnologías estratégicas, en inteligencia artificial y plataformas digitales. En contraste, ha avanzado significativamente en la transición energética y en el desarrollo de energías renovables. Aun así, necesita reforzar de forma conjunta y mancomunada su inversión en investigación, industria y capacidades tecnológicas para sostener su competitividad.

3. Cohesión social

El filósofo belga Philippe Van Parijs, uno de los principales teóricos de la renta básica, ha defendido recientemente la necesidad de que Europa deje de ser una espectadora vulnerable para convertirse en un actor capaz.

Una comunidad política solo puede sostener proyectos ambiciosos de integración —incluida la defensa— si existe un nivel suficiente de solidaridad interna y legitimidad democrática. Las desigualdades económicas, las divergencias territoriales y la percepción de inseguridad social pueden erosionar el apoyo ciudadano a la integración europea, debilitando así su posición en el escenario internacional. 

Europa debe ser capaz de defenderse sin tutelas, de hablar de paz con credibilidad y de sostener su modelo social en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas. Capaz, en definitiva, de construir una autonomía estratégica —económica, tecnológica y de defensa— sin erosionar, sino reforzando sus pilares fundamentales: la cohesión social, la transición ecológica, la salud pública y la integración.

Defender el modelo europeo no implica ignorar los riesgos, sino desarrollar una visión estratégica que combine inversión social, innovación tecnológica y seguridad. Supone rechazar una carrera armamentista descontrolada, pero también asumir la necesidad de una Europa más autónoma y capaz de actuar por sí misma.

Conclusión

La cuestión ya no es si Europa debe avanzar hacia su emancipación estratégica, sino hasta qué punto está en condiciones de hacerlo.

Esto exige no solo evaluar la voluntad política de los europeos, sino también analizar de forma realista las fortalezas y debilidades del modelo europeo, tanto en su dimensión política y social como en sus capacidades económicas y geoestratégicas como actor global.