Menos Pactos de La Moncloa y más Pactos de Bruselas (o de París, Roma, Madrid…)

Por Hugo Martínez Abarca, diputado de Más Madrid en la Asamblea

Del relato de la Transición que emergió a mediados de los años 90 quedó instalada la idea de que el pacto de los partidos políticos, el consenso, es bueno por sí mismo. Y no necesariamente es así. Una decisión política es legítima o ilegítima en primer lugar por el origen del poder de quien la toma y por cómo la toma; y después esa decisión es buena o mala por el contenido sustantivo de la decisión. En 1977 las grandes decisiones políticas gozaban de una legitimidad precaria: había un gobierno elegido en urnas, sí, pero sin un andamiaje constitucional más allá de la Ley para la Reforma Política, formalmente la octava Ley Fundamental del régimen franquista.

Sin entrar en mayores profundidades, es razonable que el gobierno de Suárez intentase maximizar la legitimidad política de cada paso que diera el país incluyendo a cuantos más partidos y agentes sociales mejor, especialmente a aquellos que aportaban el pedigrí democrático de haberse opuesto a la dictadura y que seguían en la oposición: eso valía para las políticas económicas en un momento de severa crisis e inmensas carencias sociales heredadas del franquismo y para el proceso constituyente que tenía que llevar a una nueva y sólida legitimidad democrática.

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